Brindando entre vivos y muertos

Brindar entre vivos y muertos

Estaba escuchando la canción Año nuevo, de Vetusta Morla (unos de los mejores grupos españoles de los últimos veinte años) y, cosas de la mousike, me ha venido a la mente una fiesta a la que asistí en noviembre de 1997 en la ciudad de Londres y que voy a recordar hasta el final de mis días porque en un lugar parecido, seguramente, iré a dar con mis huesos.

La cosa fue sencilla, natural y acabé pasándolo genial. Belén, una amiga española, llegó a Londres mientras yo ya llevaba en Inglaterra algo más de un año. Después de quedar algunas veces a tomar té y cerveza –un día a una cosa y otro día a otra–, en una ocasión me invitó a una fiesta en un lugar especial. Total, que aunque no me dijo la naturaleza del misterioso “fiestodromo”, acepté y un sábado de una tarde-noche templada de noviembre me llevó al lugar en cuestión.

Andamos desde su casa durante una media hora hasta llegar al lado sur de lo que parecía un parque. Frente a nosotros, había un hueco abierto en la alambrada del mismo y, por el, a lo Nadia Comaneci escapando de Telón de Acero, nos metimos en aquel oscuro bosque urbano. En unos segundos, nos ubicamos en una trocha para dirigirnos hacia una zona donde se oían murmullos y risas, y donde un pequeño resplandor producido por lo que parecía una pequeña farola, destacada entre tanta oscuridad.

Tras unos veinte metros, confiándole a Belén que a mí siempre mi padre me había dicho que no me metiera en líos, empecé a fijarme en las siluetas opacas de algunas estatuas que dejábamos a un lado y a otro de aquel pequeño sendero hasta que una de ellas llamó mi atención.

– Belén, ¿no es esto una cruz?
– Sí, ¿por?-me respondió con naturalidad.

Me acerqué a aquel símbolo sacro y recorrí hacia abajo aquella muestra de granito tallado para descubrir que era una tumba y que estábamos en un cementerio.

Belén no hizo caso de mis advertencias; de mis “¿pero dónde me has traído?” y algunos barruntos de estar cometiendo alguna ilegalidad que ya no recuerdo. No me dio tiempo a protestar mucho más porque, a los pocos pasos, giramos hacia la derecha y allí nos encontramos a un grupito de unas cinco personas con algunas latas de cerveza y fumando un poco de hierba. Nos saludaron con un entusiasmo especial y silencioso y nos invitaron a unirnos al evento.

El caso es que me sumé a aquel pequeño guateque, me bebí un par de latas de cerveza, brindé por los muertos de aquel lugar y le dí algunas caladas a la weed con lo que conseguí relajarme y disfrutar de aquella excéntrica pero inolvidable aventura entre los silentes muertos.

* * *

Han pasado casi dos décadas desde entonces y he vuelto a Londres bastantes veces, pero nunca hasta mi último viaje decidí visitar de nuevo aquel cementerio. Lo hice a plena luz de día. Y esta vez, entré por la entrada oficial en la zona este para descubrir un cementerio cuidado al extremo: con sus paseos, sus bancos, como si fuera realmente un parque. Como si fuera, porque entre bancos, farolas y caminos se hallaban las tumbas.  Y no estaba solo, pues me encontré a gente paseando por allí; incluso a una mamá jugando con sus hijos a unos metros de la entrada. Deambulé por aquel camposanto una hora intentando ubicar el lugar donde brindé por los muertos con Belén y sus amigos, pero la cerveza, el weed y la oscuridad de aquella evening de 1997 no me permitió recordar con nitidez el sitio en cuestión.

Tras terminar mi paseo, alternando las imágenes diurnas de aquel día con las que me devolvía mi memoria, abandoné el cementerio por su salida norte.

Durante varios días no deje de rememorar aquel momento; aquella imagen de un grupo de amigos brindando por los muertos en la oscuridad de un cementerio.

Sordo Medina
Redactor, articulista y escritor.
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