Anoche soñé que era un hobbit

Anoche soñé que era un Hobbit

Me parecía a Bilbo, pero no era Bilbo. Me encontraba en la plaza de un poblado de cuento y hablaba con un enano que estaba sentado y entretenido haciendo algunas cosas sobre una mesa y que se parecía a Balin, pero no era Balin. Entonces llegó otro enano, que se parecía a Thorin, pero…

En fin, que estaba allí de pie, y ambos me estaban dando la enhorabuena por el éxito de mi última misión –no recuerdo cuál–. Entonces les dije que era hora de marcharme, y saqué de mi chaqueta una carpeta pequeña plastificada donde guardaba toda mi documentación, incluido un DNI con mi foto. Entonces el enano que se parecía a Thorin, mientras se deshacía en elogios hacía mí, curioso, se hizo con mi documentación y echó a andar.

Confuso, miré al enano que se parecía a Balín, pero había abandonado la conversación y se concentraba en sus asuntos. Seguí al otro enano, y le pedí que me diera mi documentación; pero el enano no me escuchaba y seguía andando. Atravesamos una pequeña calle empedrada y con casas de madera hasta llegar a otra pequeña plaza donde, para mi sorpresa, vi como el enano se introducía en un salón de juegos. Había una escalera que el enano empezó a subir mientras con un gesto me indicó que le siguiera.

“!No tengo tiempo. Debo marcharme. Devuélveme mi documentación!”, le grité. Pero el enano ya había desaparecido escaleras arriba. Le seguí y acabé en otra sala oscura y diáfana, y sin máquinas de juegos por ningún lado. Vi que el enano subía hacía arriba por otra escalera.

Aquello me parecía muy raro y dudé si seguir al enano o volver a la plaza donde estaba el enano que se parecía a Balin, y preguntarle el porqué de la actitud del enano que se parecía a Thorin. No recuerdo por qué, pero finalmente me dirigí a las escaleras con una sensación de temor. Las escaleras se fueron estrechando, y acabé subiendo por una escalera de incendios para acceder a otra planta. Cuando dejé la apertura de la escalera atrás, comprobé que aquella sala era muy pequeña, oscura, tenía forma de iglú y me permitía tocar con las manos el techo y las paredes. De repente, la poca claridad que entraba por la apertura de las escaleras se esfumó. Alguien la había cerrado y sumió el habitáculo en la oscuridad total.

Tanteé de nuevo las paredes, el techo, el suelo; aquello se había convertido en una celda y no había manera de salir de allí. Aquel enano, no sé por qué, me había encerrado.

Comencé a agobiarme. Aquel habitáculo parecía que se estrechaba. Recorrí con mis manos las paredes y el techo, pataleé el suelo buscando una abertura por la que escapar… ¡Si! Definitivamente, seguía estrechándose y el techo y las paredes empezaron a aprisionarme. La claustrofobia me invadió y sentí que la presión aumentaba sobre mi cabeza ¡Iba a morir!

Antes de despertar, mientras el techo y las paredes de aquella celda se cernían sobre mí, grité: “con todo lo que he hecho por estos enanos, y me lo agradecen así”.

Sordo Medina
Redactor, articulista y escritor.
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