Los asesinatos de Ahijones (Cuento de Navidad)

Los asesinatos de Ahijones

Comparte!

Para Jorge, hombre solitario y de mediana edad, aquella fue la peor Navidad que jamás había vivido en Ahijones. Corría el año 20… y esa festividad fue doblemente gélida y espantosa.

Ahijones era el barrio más conflictivo de la ciudad y la policía había desaparecido prácticamente de las calles. Solo acudía a las llamadas de auxilio de los vecinos tiempo después de que éstas se produjeran, cuando los delincuentes ya habían desaparecido del escenario del crimen. Esa desatención en seguridad había permitido que las bandas criminales se hicieran con las calles y el negocio del tráfico de drogas.

Hacía años que todos los grupos de malhechores se habían fusionado en dos grandes bandas que se odiaban a muerte: los Vilches, banda compuesta solo por oriundos de Ahijones, de raza blanca y cuyo apodo correspondía al apellido de su fundador, y los Ilegales, con un nutrido número de inmigrantes.

En el último año, la tensión entre los dos grupos había aumentado considerablemente a causa de la intromisión mutua de ambas bandas en sus respectivos negocios. Todos los habitantes de Ahijones auguraban una Navidad conflictiva. Incluso, algunos vecinos –entre ellos Jorge–, al no ver una solución al problema, estaban pensando seriamente en poner en venta sus casas para mudarse a otro lugar.

Esa tensión tuvo un punto de inflexión en la mañana de Nochebuena en un supermercado del barrio. Jorge fue testigo de cómo Felipe, uno de los históricos de los Vilches, discutía violentamente con Simona, la mujer de Horacio, el líder de los Ilegales. La discusión llegó a un grado de violencia tan extremo que ambos se amenazaron mutuamente de que no llegarían vivos a las “Uvas”. La seguridad del supermercado intentó calmar los ánimos y consiguió que Simona abandonara el recinto. Sin embargo, las amenazas de los Vilches y los Ilegales nunca quedaban en papel mojado.

La Nochebuena transcurrió con relativa tranquilidad. Solo el ruido de los petardos enturbió el sueño de los vecinos del barrio. Pero llegó el amanecer, y todos despertaron al sonido de las sirenas de policía. Jorge salió en bata al descansillo del quinto piso donde vivía, donde ya habían llegado rumores de lo ocurrido:

  • Han matado a Felipe, el de los Vilches —le informó una vecina—. Dicen que el otro día en el supermercado la tuvo buena con la Simona.
  • ¿Ah, sí? —el gesto de Jorge mostraba alivio—. Bueno, mientras no nos salpique a nosotros.

Jorge se internó en su casa. Unas horas después se enteró de que la policía no había podido detener a Horacio ni a Simona porque tenían una coartada corroborada por varias personas: habían estado fuera del barrio aquella noche, por lo que solo cabía esperar que el asesinato lo cometieron terceros por orden de los Ilegales. Pero, ¿quién? A Felipe lo mataron por la espalda y con un arma blanca pequeña. Esa forma de actuar no era propia de los Ilegales. Tras varios interrogatorios durante ese día, no hubo ni un solo detenido. No obstante, Jorge sabía que en los próximos días había que esperar lo peor.

Y así ocurrió. Al día siguiente, Horacio, el esposo de Simona, fue encontrado muerto en un soportal del barrio. Lo habían matado a cuchilladas durante la madrugada, la Noche de Navidad. Pero la cosa no acabó ahí, porque en la casa de Horacio encontraron a Simona degollada. En este caso, sí que encontraron huellas y testimonios de vecinos que culpaban de ambos asesinatos a miembros de los Vilches. Cuatro personas fueran detenidas y la banda de Felipe se vio mermada en efectivos.

Tras varios días de tregua y con una mayor presencia policial de lo usual, el día de Año Nuevo, la policía tuvo que acudir otra vez a Ahijones, esta vez a causa de un asesinato masivo: en el mismo soportal donde encontraron a Horacio, la policía halló a cinco miembros de los Vilches degollados. Como ocurriera con el asesinato de Horacio y Simona, la policía pudo identificar a los culpables y detuvo a seis integrantes de los Ilegales.

Para muchos, aquellas detenciones pondrían fin a tanta barbarie. Sin embargo, el día de Año Nuevo sería aún peor que la víspera. El resto de militantes de las dos bandas, al anochecer, se dieron cita en el jardín interior de una comunidad de vecinos. Estaban todos, y a cual más armado: hachas, cuchillos y hasta espadas. Aquello fue una carnicería. Cuando llegó la policía, solo quedaban vivos dos miembros de los Vilches y uno de los Ilegales. Fueron detenidos, además de llevarse a sus mujeres e hijos para interrogar a las primeras y derivar a los segundos a Servicios Sociales. No quedó en el barrio ni un solo miembro de las dos bandas.

  • Me da pena por los críos —se lamentó la vecina de Jorge—. Pero, a ver, «a quien hierro mata…».
  • Bueno, algo más tranquilos vamos a estar —concluyó Jorge internándose en su casa.

Finalmente, llegó la Noche de Reyes y Jorge, como siempre, desde que murieron sus padres, disfrutaba de la última cena navideña solo. Iba a sentarse a la mesa, cuando alguien llamó a la puerta.

  • ¿Quién es? —preguntó Jorge.
  • ¡Policía! Abra, por favor.

Jorge se giró, se puso de espaldas a la pared y suspiró profundamente.

  • No puede ser —musitó.

Se giró de nuevo, abrió la puerta y vio a dos agentes de la Policía Nacional.

  • ¿Jorge S.S? —preguntó uno de los policías.
  • Sí. ¿Qué ocurre?
  • Queda usted detenido por el asesinato de Felipe G.R por arma blanca, además de la provocación, conspiración y proposición de 42 muertes más.
Sordo Medina
Redactor, articulista y escritor.
shares