La hoja en blanco

Máquina de escribir

Frente a la maquina de escribir, Miguel, camarero de profesión, observa detenidamente la hoja en blanco. A su izquierda, una botella de whisky de malta y un vaso con hielos; a su derecha, un paquete de cigarillos americanos. Rodeándole y a su mesa de trabajo, multitud de libros esparcidos por el suelo. Miguel suspira.

– ¿Cómo empiezo? ¿Cómo era?-murmura.

Hace sonar las articulaciones de sus manos y dispone sus dedos para empezar con su trabajo. Un vaso de whisky, consumido en honor al caballo y a su dentellada.

– A escribir se aprende escribiendo-murmura de nuevo.

Se dispone a presionar la primera tecla, pero antes Miguel enturbia los ojos y mira al techo.

– Antes de la caída de la tarde…no, no-suspira de nuevo-. Con los últimos rayos de luz…-y se echa las manos a la cabeza, agitándose el pelo negro y largo.

De repente suena el ruido de una moto en el exterior. Miguel se levanta y, a través de la ventana, localiza a un motorista calle arriba haciendo sonar el tubo de escape. Vuelve a su asiento. Consume un poco su cigarro.

Sus dedos se agitan encima de las teclas de la máquina de escribir. Mira a los lados y sus ojos se quedan fijos en uno de los libros que hay amontonados en el suelo. Se agacha a cogerlo. En la portada se lee: “Ernest Hemingway, Por quién doblan las campanas”.

Miguel acaricia las pastas del libro, lo abre y comienza a leer.

– Estaba tumbado boca abajo, sobre una capa de agujas de pino de color castaño-se detiene, aclara su garganta y continúa-…, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados, mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas-cierra el libro, lo coloca a su derecha, cerca del cenicero, y mira la página en blanco-. Mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas-repite.

Apreta los puños con un incipiente nerviosismo. Su pierna derecha se agita por momentos.

– Bajo las hojas muertas agitadas por el viento-musita sin tocar una tecla. Al terminar la frase, hace rechinar sus dientes. Sus manos permanecen semiabiertas sobre la máquina de escribir-. Bajo las hojas muertas agitadas por el viento-repite-, un hombre de aspecto…-y su murmullo se apaga. Se echa hacia atrás en su silla y respira hondo.

Miguel agarra la botella de whisky y llena su vaso. Enciende otro cigarro al comprobar que el otro se ha consumido. Da un pequeño sorbo al estilo francés y acto seguido se echa la mano a la boca del estómago.

– Bajo las hojas muertas agitadas por el viento, un hombre de aspecto-su cara denota duda, pero cambia a un gesto más seguro-… melancólico.

Miguel abre las manos de par en par sobre las teclas.

– Sí, sí. Melancólico-y a punto está de apretar la primera.

Pero dirige su mano derecha al cenicero y alcanza el cigarro. Da una fuerte calada y a continuación engulle un buen trago de whisky.

– Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación-se recuerda a sí mismo mientras exhala el humo del tabaco por la nariz.

De repente, Miguel se levanta de la silla. Totalmente erguido, sale de la habitación y al llegar al pasillo se tambalea ligeramente. Se introduce en un pequeño aseo. Mientras orina, repite en voz alta:

– Bajo las hojas muertas agitadas por el viento, un hombre de aspecto melancólico… melancólico.

Termina en el baño y vuelve a su lugar de trabajo. Se toca la frente y alcanza de nuevo “Por quién doblan las campanas”.

– Vamos a ver-abre el libro-. Zumbaba entre las copas. El flanco de la montaña hacía un suave declive por aquella parte; pero, más abajo, se convertía en una pendiente escarpada-deja el libro en el suelo y da otro trago de whisky.

Miguel enturbia los ojos fijos en la hoja en blanco. Consume el cigarrillo y rellena el vaso hasta arriba. Da un trago largo.

– Bajo las hojas muertas agitadas por el viento, un hombre de aspecto melancólico, con las manos en los bolsillos, sube calle arriba en dirección-estira de nuevo los dedos de sus manos como expresando conformidad-… Hasta bolsillos está bien-afirma casi en silencio.

Vuelve a beber whisky y a encenderse un cigarrillo. Apoya su mano sobre la frente mientras el humo del tabaco ondea sobre su cabeza.

– Hojas muertas, melancólico, calle arriba…ya no puedo volver atrás-y cubre su cara con las manos. En un descuido, el cigarro se le cae de entre los dedos y va a parar a la entrepierna. Miguel da un salto y la silla cae al suelo.

– ¡Joder!-se lamenta.

Coge el cigarro y se incorpora colocando la silla en su sitio. Se sienta. Suspira.

– Bajo las hojas muertas agitadas por el viento, un hombre de aspecto melancólico subía las calles… no… ¿cómo era?-se pregunta-. Bajo las hojas muertas por el viento… a ver… Bajo las hojas muertas… agitadas por el viento, un hombre melancólico subía las calles de…

Miguel sube sus brazos y estira su espalda. De un tremendo sorbo acaba con el whisky. El cigarro se ha vuelto a consumir. Respira agitado. Observa los libros a su alrededor, la máquina de escribir y la hoja en blanco. Se echa la mano derecha a la frente y resopla con desesperación. Con esfuerzo, se levanta de la silla y sale de la habitación tambaleándose aun más que antes. Entra en un dormitorio lleno de estanterías repletas de libros y se deja caer en una pequeña cama que hay al lado de una ventana abierta de par en par. Sopla el aire y Miguel, ya tumbado, suspira resignado.

Sordo Medina
Redactor, articulista y escritor.